La lealtad de Judá Entonces tu siervo, mi padre, nos dijo: "Ustedes saben que mi esposa me dio dos hijos. Uno se apartó de mí, y dije: 'Sin duda ha sido despedazado', y no lo he vuelto a ver desde entonces. Si también me quitan a este y le sucede alguna desgracia, harán que mis canas desciendan con dolor al Seol". "Ahora pues, tan pronto como llegue ante tu siervo, mi padre, y el muchacho no esté con nosotros —dado que su vida está ligada a la vida del muchacho—, en cuanto vea que el joven no está con nosotros, morirá; y tus siervos harán que las canas de tu siervo, nuestro padre, desciendan con tristeza al Seol. Porque tu siervo se hizo responsable de la seguridad del muchacho ante mi padre, diciendo: 'Si no te lo traigo de vuelta, cargaré con la culpa ante mi padre toda mi vida'. Por tanto, te ruego que permitas que tu siervo se quede en lugar del muchacho como siervo de mi señor, y deja que el joven regrese con sus hermanos. ¿Pues cómo podré volver a mi padre si el muchacho no está conmigo? Temo ver la desgracia que alcanzaría a mi padre" (Génesis 44:27-34). Tras reunirse con sus hermanos por segunda vez, José les jugó otra estratagema. Pidió a su siervo que escondiera su copa en el saco de Benjamín y los dejó partir. Luego, el siervo los siguió y les dio alcance, acusándolos de robo y declarando que aquel a quien se le encontrara la copa sería su esclavo, mientras que los demás quedarían libres de culpa. Sin embargo, cuando la copa apareció en el saco de Benjamín, todos se sintieron desesperados. En lugar de permitir que el siervo se llevara solo a Benjamín, todos regresaron con él. La vez anterior, habían dejado a Simeón solo; esta vez, todos estaban dispuestos a compartir las consecuencias. No obstante, fue Judá quien habló en nombre de la familia. En lugar de defenderse desde una perspectiva individual, Judá supo valorar a la familia en su conjunto. Especialmente el vínculo entre su padre y el muchacho, Benjamín. Eso era lo que José intentaba averiguar tras haberles jugado aquellas bromas a sus hermanos. Lo que hizo Judá no fue casualidad, sino algo que aprendió de su nuera Tamar. Tal como se relata en Génesis 38, Tamar estuvo casada primero con Er, el primogénito de Judá, y luego con Onán, el segundo hijo de Judá. Sin embargo, Dios les quitó la vida debido a su maldad ante Sus ojos. Más tarde, Judá prometió a Tamar que la casaría con Sela, su hijo menor, una vez que este creciera, pero nunca cumplió su promesa. Por ello, Tamar tomó la iniciativa y engañó a Judá para acostarse con él y concebir un hijo. Tamar le dio a Judá una lección de entrega y lealtad. Ella estaba dispuesta a sacrificarse por la integridad de la familia que había formado con Er. Así pues, cuando Judá prometió a Jacob que traería de vuelta a Benjamín, estaba demostrando su compromiso con la integridad de la familia. En la Biblia, el apóstol Pablo describe la entrega de Cristo por la integridad de la iglesia comparándola con el amor entre esposos y esposas, tal como se muestra a continuación: Esposas, sométanse a sus propios esposos como al Señor. Porque el esposo es cabeza de la esposa, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él mismo es su Salvador. Así como la iglesia se somete a Cristo, también las esposas deben someterse en todo a sus esposos. Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado mediante el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo gloriosa, sin mancha ni arruga ni cosa semejante, para que fuera santa y sin defecto. De la misma manera, los esposos deben amar a sus esposas como a sus propios cuerpos. El que ama a su esposa, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, tal como Cristo hace con la iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. (Efesios 5:22-30) Dios eligió a Judá para ser antepasado de Jesucristo debido a su entrega y lealtad hacia la integridad de la familia de Israel. Por la misma razón, Dios nos eligió para ser miembros del cuerpo de Cristo, a fin de que pudiéramos consagrarnos a la integridad de su iglesia. El apóstol Pablo describe su ministerio para con la iglesia de la siguiente manera: Ahora me gozo en lo que padezco por vosotros, y cumplo en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia; de la cual fui hecho ministro, según la administración de Dios que me fue dada para con vosotros, para que anuncie cumplidamente la palabra de Dios, el misterio que había estado oculto desde los siglos y edades, pero que ahora ha sido manifestado a sus santos. A ellos Dios quiso dar a conocer las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria. A él anunciamos, amonestando a todo hombre y enseñando a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar a todo hombre perfecto en Cristo Jesús. Para lo cual también trabajo, luchando según la fuerza de él, la cual actúa poderosamente en mí. (Colosenses 1:24-29) Ciertamente, Jesucristo ya lo ha entregado todo por la integridad de la iglesia. Nos corresponde a nosotros consagrarnos a la integridad de la iglesia para que el misterio, oculto durante siglos y generaciones, pueda ahora ser revelado a sus santos, tal como lo describió Pablo. Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)